Se deshace el país

El mal gobierno (la otra cara del buen gobierno republicano) hizo estallar las tres revoluciones: la de 1810, contra la opresión extranjera y el gachupinismo interno; la gloriosa de 1854, que abortó el abuso del poder y parió al Estado laico; la Reforma, la victoria sobre el imperialismo francés, la Restauración de la República y la Constitución de 1857.

Y la de 1910, contra la dictadura de la pandilla porfirista, la reforma a la Ley Fundamental de 1857 para dar a luz la Carta de 1917 (ésta contrarreformada más que adicionada, para revertir las conquistas que han acabado de minar con su antilaicismo, los ultras del calderonismo-panista que hacen alarde de cristeros, como en el homenaje del inquilino de Los Pinos a su padre).

El mal gobierno caracterizó al foxismo y ahora al militarismo de Calderón (muy al estilo de Victoriano Huerta, quien intentó sabotear los fines políticos constitucionales), con sus amigos y los desafiantes conspiradores de el Yunque, que buscan anular el Art. 24 constitucional, de las libertades y tolerancia religiosas para imponer su creencia religiosa como única y que las mujeres no decidan sobre su maternidad, al precio de draconianas sanciones contra el aborto.

Nueve años de panismo han consumado gravísimos retrocesos políticos y puesto en jaque mate el fundamento laico de la educación con sus rabiosas embestidas al Art. 3 constitucional y así celebrar, de la Independencia, el conservadurismo reaccionario (Gastón García Cantú: El pensamiento de la reacción mexicana, UNAM), y de la Revolución, la intentona golpista de Victoriano Huerta, los cristeros y los homicidios de Zapata, Villa, Madero y Obregón.

Desde el púlpito de la Villa de Guadalupe, ante millones de peregrinos, el rector de la Basílica, en el deslinde de una parte del clero guadalupano sumado a otros sectores, criticó duramente al mal gobierno calderonista por todas las desgracias que ha causado, pues no atiende ni las mínimas demandas del pueblo que, asido a su guadalupanismo, sabe que está a las puertas del infierno, más de Calderón que el dantesco, con la leyenda: “Pierda toda esperanza quien entre”.

Y es que hasta con las maquilladas cifras oficiales, más de 80 millones de mexicanos sobreviven en la pobreza masiva, el desempleo generalizado, la impunidad total y el mal gobierno por el que nacieron los estallidos que Calderón, como Porfirio Díaz, se prepara a festejar como si fueran sólo hechos históricos que no pueden volver a recrearse ante el mal gobierno calderonista.